lunes, 27 de febrero de 2012

Mi viejita se había quedado dormida una vez más con la idea de que Rafael la llamaría. Con un ligero bostezo y un largo suspiro a la vez que se estiraba, pensó que era él y que por fin se acordaba de ella. 
   Saltó de la cama con un vigor y destreza que había perdido hacía años. Y fue en  ese momento que se percató de que no era el teléfono sino el timbre de la casa. Bajó sus piernas de la cama y miró su sombra en el piso perfectamente pulido, metió sus bellos pies  en unas sandalias finas y sencillas y se abotonó su bata de seda y corrió a lavarse la cara para aclarar su vista.  
   Cuando caminaba hacia la puerta, su celaje atravesó de lado a lado el espejo del tocador y de reojo percibió algo diferente en su todo. No lo podía creer, era ella misma pero con una silueta de una chica de veinte años.
   A su alrededor todo era demasiado nítido: la luz del sol , el canto de los pájaros, el color de las rosas. Todo estaba bello y perfecto. Ella se sentía perfectamente bien, y no era un sueño. Le tomó varios minutos aceptar la nueva situación.
   Allí estaba él, su hijo, que le había prometido que la llamaría. Con su bella y esplendida sonrisa de siempre. Joven, fuerte y de rasgos perfectos. Entonces ella comprendió que ambos estaban en el Paraíso.

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