lunes, 27 de febrero de 2012

La casa de mi madre
   Le entregué en sus manos las llaves a mi madre. Ella recorrió cada esquina de la casa nueva. Recordó a los tres niños sentaditos en el patio de la casa vieja. En voz bajita se disputaban lo que cada uno le compraría a ella cuando fueran grandes. Uno decía: ¡Yo le compraré una cocina grande! y ¡Yo unos muebles lindos! decía el otro. Pero yo siempre dije que le compraría una casa nueva.
   Pasaron los años y mi mamá como una gallina con sus pollitos se mudaba de patio en patio y de casa en casa. Por necesidad tuvo que vender a su primo, un inescrupuloso y desamorado familiar se aprovechó de su angustia.
   Pobrecita mi viejita, vivía tres años alquilada en una casa y tenía que buscar una nueva. A veces debía dejar sus enseres guardados en un depósito por que la suerte no era su mejor amiga. Ella me decía muchas veces: ¡Ay hijo mi suerte es de color verde y un burro se la comió cuando nací! Yo percibía su tristeza en su mirada y sus palabras cada vez que viajaba a visitarla.
   Yo vivo a ocho horas de distancia de mi madre. Hace unos veinticinco que salí de su seno. Un día, treinta años después que salimos de nuestra primera y única casa  empecé a construir una. Me llevó unos cinco años terminarla. La hice para mi madre y mi familia. Yo le dije a ella: ¡Madre, mientas vivas, usted será la dueña y ama de esta casa! Los ojos de mi madre se volvieron dos lagunas que desbordaron el dique de sus párpados y un mar salado recorrió por sus mejillas y mis labios.

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